
por qué nace este blog
Aprendí a leer muy pronto, ya que mi madre se entretenía haciéndome ejercicios fonológicos con cuatro años. Antes de entrar en la escuela, me dijo que no debía mostrar a la maestra que yo ya leía, supongo que porque ella misma también sufrió el trauma de destacar en clase y quería enseñarme la modestia. Ella me dijo: «Lee como los otros niños», así que yo leía despacio y mal. Mi maestra llamó a mi madre porque «la niña no leía bien». Y ella le dijo: «No puede ser. Lisset, ven, lee aquí». Y leí una página entera de corrido. Mi madre entendió que yo solo le hacía caso y, aunque le propusieron subirme de grado, ella dijo que no. Todavía le agradezco, aunque ella no lo sepa, haberme enseñado que era mejor no sobresalir demasiado, y disfruté a mi ritmo todo el periodo escolar, aunque me daban muchos «besos de la patria», que eran unos diplomas a los mejores alumnos, de los cuales yo solamente me avergonzaba. Recuerdo estar más integrada de lo que jamás estuve en otras etapas escolares, haciendo deporte y danza, y no solo siendo la niña empollona de la clase.
Pero por la tarde, yo esperaba a mis padres sentada en la escalera del quinto piso prestado donde vivíamos. Leyendo y sola. Ella había conseguido un trabajo en una biblioteca municipal como directora, así que me traía una docena de libros cada día que yo devoraba esa misma noche para recibir la siguiente tanda. Algunas veces mi madre me llevaba con ella a la biblioteca. Recuerdo perfectamente toda la casona, sobre todo una larga escalera de madera y un salón de literatura infantil. Allí me sentaba y me entretenía “peinando” una estantería tras otra. La bibliotecaria decía siempre que yo era el «2» porque el “1” era un chico adolescente que se había leído todas las enciclopedias de la biblioteca. Supongo que era autista, aunque estábamos muy lejos de imaginar que ese capítulo también llegaría en algún momento a nuestras vidas.
Mi madre dejó el trabajo en la biblioteca cuando nació mi hermano, pero yo seguía siendo la niña solitaria que leía en su cuarto, en plena crisis de Periodo Especial, mientras mi familia se mudaba a un nuevo apartamento, sencillo, pero nuestro. Mi anécdota más especial de esa época es una visita que le hice a mi familia materna en Sancti Spíritus, donde descubrí El siglo de las luces en el cuarto de mis primos. Mi tía llamó muy preocupada a mi madre para que me llevara al psiquiatra porque me estaba leyendo ese tabaco. Seguramente no entendí ni la mitad de un libro tan denso, pero a partir de ahí no dejé de perseguir «tabacos infumables» que nadie quería leer a esa edad.
A los siete años escribí un cuento sobre un niño esquizofrénico llamado Jaime que se moría. No tengo idea de dónde saqué la idea, pero mi mamá buscó a un amigo nuestro que era escritor aficionado y le pidió que lo leyera y me sirviera de mentor. Creo que lo presentaron a un concurso, pero sinceramente no lo recuerdo. Luego empecé una novela de época, escrita a mano, que no logré conservar. Solo me queda memoria de varios capítulos y de que era una historia de amor ambientada en la Cuba colonial.
Sin regalos o apenas juguetes, mi madre se las arreglaba para vender lo que fuera y traerme docenas de libros nuevos de la feria. Incluso se hizo de unos dólares en aquella Cuba donde ya también aparecían libros en divisas. En una de esas ferias me regaló mi primera edición en tapa dura de Cumbres borrascosas, de una editorial extranjera. Ahí recuerdo que me gustaba mucho olerlo porque tenía ese aroma a libro nuevo traído de fuera.
Para cuando llegué a la adolescencia ya no me interesaba bailar y odiaba hacer cualquier tipo de actividad física, así que mi crisis existencial consistió en empapelar mi cuarto de pósters y fotos que encontré de todo lo que me gustaba. Reproducciones de pinturas, la portada de un disco de los Beatles que mi padre me enseñó a escuchar, una foto de Ricardo Arjona, el Che Guevara, dibujos originales de un novio pintor y entre ellos una pintura que mi abuela destrozó luego porque tenía un «ojo diabólico» y eso me iba a hacer daño. En el centro, había un retrato de un señor sonriente con bigote: el Gabo. Mi amor por él nunca fue por Cien años de soledad, aunque me la leí de un tirón en un día y luego una segunda vez y hasta la quinta. Yo me enamoré de Del amor y otros demonios y de El amor en los tiempos del cólera. Atrapada por el realismo mágico, escribí varios cuentos sin parar, uno de ellos un plagio involuntario: una historia (casi real) sobre mi abuela y Sandalio, un hombre que vivió en Placetas, mi pueblo natal, y adivinaba cosas y curaba a la gente. Mis otras temáticas eran, lógicamente, historias de amor a las que me gustaba dar una estructura rara, supongo que en sintonía con mi personalidad. Después de aquellos pocos meses fértiles no escribí un cuento más. Solamente me volví adicta a rellenar mi biblioteca digital con miles de ejemplares y hacer otra física con lo que se podía.
Cuando entré al preuniversitario, desarrollé mucho la habilidad de leer muy rápido porque nos íbamos pasando entre todos los libros buenos que traíamos de casa. Así descubrí a autores prohibidos como Vargas Llosa y leí todo lo clásico que encontré, al ritmo de un libro o dos por semana. Al elegir carrera, opté por periodismo, pero en realidad me inclinaba más por filología o historia del arte. Para periodismo hacían unas pruebas de selección de cultura general, así que era más difícil entrar. Lo conseguí realmente porque ese año quitaron el examen de ingreso de matemáticas, algo en lo que jamás tuve la más mínima habilidad, prueba de que a duras penas puedo sumar. También me presenté a dramaturgia, pero no me aprobaron. Terminé metiéndome al teatro cada domingo, a la tanda de los señores mayores de las cinco de la tarde —porque vivía lejos y había poco transporte— y leí un montón de obras clásicas y contemporáneas. Aunque lo sigo admirando, no tenía vocación real, así que ganamos ambos: el teatro y yo.
En mi facultad pasamos la carrera a base de bibliografía digital y muchas materias de cultura universal. Había tanto que leer que yo jamás tomaba nota, y los profesores tenían la sensatez de saber que, si algunos estábamos aburridos, teníamos nuestro libro abierto, aunque disciplinadamente nos quedáramos en clase. Mi madre aún se burla de mí porque yo quería leer a los filósofos antiguos —esa literatura «ligera»— para un seminario que solo pedía una pregunta escrita o un debate. Yo le decía que jamás tendría otra oportunidad de hacerlo y, aunque ella se partiera de risa, al final tuve razón.
Si tuviera que reseñar el hito literario de esa época, sería haber conocido a Susana Haug, una genia que nos dio un semestre de literatura hispanoamericana y se plantó con un examen a libro abierto de cuatro horas, donde se quedó varias veces dormida y nos permitía consultar lo que quisiéramos. Tampoco era que se pudiera copiar mucho. Nos había puesto más de cinco gigabytes de literatura de referencia y unas diez novelas como literatura activa. Todavía conservo esa carpeta prodigiosa de la que no he podido leer ni la mitad.
En esos cuatro años, aunque nunca iba a discotecas, nuestro grupo se juntaba para beber vodka (y luego el ron más barato que podíamos pagar) y pasábamos la noche haciendo juegos intelectuales o escuchando música de autor. No sabía que serían los años más felices y plenos que tendría en mucho tiempo. Mi último ejercicio académico fue una tesis de 300 páginas que escribí en Arial 12 a interlineado sencillo, y que defendí delante de todos los grandes del periodismo que pude entrevistar. Lamentablemente, todos murieron en los años siguientes. En ese momento yo había despertado un egocéntrico deseo de hacerme diplomática, así que dejé el periodismo sin haberlo empezado.
Más de diez años después sufro esa crisis anticipada de identidad que suele llegar a los cuarenta, pero que en mi caso llegó antes, forzada por un shock de maternidad, un diagnóstico de autismo de mi hija y un proceso migratorio. Es justo en ese momento de quiebre cuando volví a encontrar al Gabo, en mi ilusión de recuperar en España mi biblioteca y rellenar las paredes de cuadros y recuerdos. Así nace la idea de este blog, sabiendo que las mariposas amarillas son más que un símbolo literario en mi caso y en el de tantos seres raros que amamos los libros.
Sinceramente,
Lisset A.










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